Mónica Becerra

POETISA ORIGINARIA DE CÁHUIL –RADICADA EN SANTIAGO- NOS SORPRENDE CON SU TALENTO Y PARENTEZCO CON RECORDADO Y DESTACADO PAYADOR

Hemos recibido algunos trabajos literarios que nos ha llamado la atención y, más aún, sorprendido al saber que tras la autora, al averiguar, estaba nada más ni nada menos que una sobrina directa del  desaparecido “pueta popular” y afamado payador nacional Ponciano Meléndez, muerto en enero de 1995 en Rancagua, poco antes  de disponerse a llegar a la radioemisora rancagüina en donde, cada sábado, salía al aire con el folclore.

En efecto, se trata de Mónica Becerra, quien al inquirirle información sobre su lugar de origen, cómo llegó a inspirarse en lugares que nos son comunes –como Pichilemu, Cáhuil, entre otros lugares- nos contó: “Nací en la casa de mis padres, en un lugar que encuentro tremendamente mágico, en febrero de  1961, en Cáhuil, localidad que se ha quedado pegada en la retina y cerebro.  Es ahí donde empecé  a desarrollar la rutina de escribir ya que el lugar me dio desde muy niña todas las señales, los elementos que estaban a la  mano, en la naturaleza y las personas maravillosas con quienes teníamos contacto a diario en el pueblo para poder impregnarlos hoy en los poemas”.

Dándonos más detalles, esta poco conocida artesana en el arte de engarzar su poesía, nos dice: “También creo que hay algo de hereditario, considerando que soy sobrina del payador Ponciano Meléndez. Aunque él desarrollaba otra línea discursiva: La paya, siendo para mí una técnica muy difícil de dominar y yo una poesía reflexiva”.

Haciendo un paréntesis en lo que nos dice Mónica, debemos señalar que su “pariente cercano” –que en la vida real se llamó Juan Becerra- no solo incursionó en la PAYA, donde fue en sus tiempos varias veces campeón nacional. El tiene varias canciones registradas en el Derecho de Autor: hermosos vals y tonadas, entre otras. De hecho, sin restarle ningún mérito a otros autores que le han escrito a Pichilemu, Cáhuil, tiene un hermoso vals dedicado a la comuna pichilemina.

Siguiendo con Mónica, ésta agregó que “con justicia tengo que decir que debo mucho a la profesora Irma Bernales que en mi época  de escolar en la Escuela de Cáhuil fue mi profesora con la que aprendí mis primeras letras.

“De hecho –en gratitud- también la menciono en otro poema. La escuela de Cáhuil, sigue siendo para mí un lugar mágico. Y el lugar mismo ya que me considero afortunada al reconocer que viví una niñez muy feliz. Posteriormente, nos trasladamos a Pichilemu al colegio Preciosa Sangre.  Es ahí donde empiezo otra etapa importante. A Cáhuil y Pichilemu los amo con un amor profundamente enraizado”, indicó.

Mónica Becerra al seguir informándonos de sus pasos en la literatura, expresó: “Empecé a escribir más formalmente hace unos veinte años en los talleres literarios del Centro Cultural La Barraca de la comuna de La Florida. Ahí, de mano del poeta Amante Eledin Parraguez, pude encausar mis deseos de transmitir mis sentimientos en el papel. En esos tiempos –continúa Mónica-  grabábamos para la radio Tierra parte de nuestros trabajos. Asimismo,  participé en la revista literaria “Caliope” y “El Cohete”. Igualmente en tertulias literarias en distintos lugares entre ellos en la Sociedad de Escritores de Chile, SECH, lo que nos permitió recibir visitas de otros poetas a nuestro taller”.

 

 Mónica termina su conversación con “pichilemunews” diciéndonos: “Dejé de trabajar hace un par de años para dedicarme a mi familia y pequeña hija. Y más adelante espero seguir a tiempo completo tanto escribiendo como a la pintura que es mi otra gran pasión y que, algún día, espero dar también a conocer”.

Mientras tanto, “pichilemunews” los invita a leer los trabajos que hemos recibido y que son parte de sus “Cartas blancas”.

 

Tristeza infinita

Caía la tarde, sumisa caía

ante la paz del cielo anaranjado

el diamante sol oscurecido

me hacía señas con sus manos;

y por la espalda lo agarró un cuervo.

 

Se escondió el sol con una suave sonrisa,

se escondió, pereció ...

el crepúsculo enlutó mi alma

y la noche se acercó a mí.

Helada, me pidió auxilio,

la abracé al calor de mi pecho.

Me la llevé a casa en el ángulo de mis manos.

 

Una danza de luz guió los pasos míos

por aquella serpentina de barro,

las fragancias de los pinos celaban mi presencia ...

y el suave viento del mar me indicaba la casa.

 

¡Duérmete noche asustada!,

al arruyo de los grillos acompaño tu sueño.

 

Caía la tarde, caía, caía,

y la noche se acercó a mí.

 

(A TÍO JOAQUÍN)

El era,

de tan alta figura,

tan hermoso rostro,

tan añeja imagen,

tan gastada ropa.

Tan libre su cuerpo,

tan sola su casa,

tan grande alma,

tan espontánea pena.

En forma de cilicio le domó la nobleza

y sus sueños anclados,

quedaron en la acera,

un último suspiro,

testigo de niño

le llevó a los brazos

de la noche callada.....

De espaldas en el lecho

de aquel suelo helado,

quedó por su boca,

bebiendo las nubes,

y en su mirada entrecortada,

alcanzó con estrellas hacer un rosario,

y mientras se iba

cantaba Ave María.......

 

(A los amigos que ya han partido a los brazos del Padre)

Grande es la falta, grande,

la ausencia de un amigo

cuando ha dejado huellas marcadas en vivo;

y es que nos falta su aliento tibio.

Un amigo se ha ido callado y frío

y ha dejado en el camino,

grandes ríos.

Amigo en la conversa

y en la marcha de la vida

otro amigo no podría

llenar su vacío

e intento encontrar

tu voz en la mía.

 

 

Cáhuil Salinero

No sé por qué ufano recuerdo

...te traigo en mi espalda pueblo viejo

de casas de adobes, monturas y zarzas.

Se nos han ido de a poco los años

y escucho en los arenales el viento

como los eucaliptus entre mi pelo negro

vagar como sombras sin apuros.

Te vigila el mar con su lucha

y te besa aquella laguna verde,

por tu sola calle camino yo

escondiendo entre tus hojas secas

mis pies cansados,

gastados mis ojos de ver lo mismo.

El cielo claro y quieto

suspende con sus hilos

unos jotes negros.

Te alegra un niño con su risa

y un anciano borracho llorando penas

te quiere y abraza a su modo.

Los cerros me ven pasar

y estoy tentada de la risa

golpeando algún recuerdo sucio

y acariciando tu salina brisa.

  

RAIMUNDO LEÓN MORALES, PUETA  POPULAR  PICHILEMINO

Siguiendo con la saga de poetas que iremos publicando, hoy recordaremos al “pueta popular” pichilemino Raimundo León Morales quien es uno de los más prolíficos de la comuna y que está siempre atento al acontecer local, regional, nacional, e incluso, mundial.

El año 1987, una chilena de tan solo 22 años nos puso eufóricos, orgullosos, tras lograr un apreciado cetro que hasta ese momento le era esquivo a nuestras representantes a concursos de belleza, ya al Miss Universo o Miss Mundo.

Raimundo Léon Morales en  “un dos por tres” hizo funcionar su talento y picardía, para brindarle varias décimas que publicamos en su momento en el Diario La Tercera. Las mismas décimas que diez años después fueran publicadas en el libro "Canto de Puetas", la antología que publicó Antonio Saldías González –investigador histórico, escritor- a través de la Editora e Impresora "El Promaucae" y que perteneciera a "pichilemunews".
 

MISS UNIVERSO 1987
Cecilia es la más hermosa
De todito el mundo entero
Se fue a un país forastero
A convertirse en famosa.
Como maceta de rosas
Se le ve con su corona
Por bellísima persona
Con todas sus condiciones
Venció a 70 naciones
Y hoy del mundo es la campeona.

II
En Singapur fue el evento
Muy lejos, país de Asia
Allá llegó con su gracia
Su belleza y gran talento
70 lolas al centro
Y las fue dejando atrás.
Cuando quedan dos no más dijo:
"soy Miss Universo
Por delante o al reverso
Tengo cualquier cualidad".

III
Medidas de esta lindura
(que causan gran sensación)
Son 90 en la pensión
Y 60 de cintura
Para completar su figura
90 más de cadera
Está en 22 primaveras
En la flor de su belleza
A los lolos interesa
Que ojos ¡y qué cabellera!.

IV
Primera vez en la historia
Escribía un periodista
que una chilena conquista
en cetro con gran victoria
Chile entero a esa hora
Desatan un carnaval
Hasta el mismo Cardenal
Y muchas instituciones
Mandan felicitaciones
A la bella Universal.

V
Un año recorrerá
Por todos los continentes
Dando a saber a la gente
De Chile la realidad.
Varones de toda edad
Le rinden muchos honores
Cecilia no te enamores
De blancos, gringos o negros
Que en Chile ya tienes suegro
Y cometerás errores.

VI
Por fin ya se fue pinteada
A los Estados Unidos
Cumpliendo ahí cometidos
Que el concurso le impondrá.
Al final regresará
Con su sueño realizado
Con el billete sobrado
A unirse en matrimonio
Malditos ¡los mil demonios!
Y uno, no estar invitado.

(Raimundo León Morales)

 

EL COFRE

Por: Pablo  Carvajal

   Las costas del país recibían distintos climas y la población se orientaba, entre ellos y los Andes, como ante una viga infinita.

   En el océano acababa de sumergirse una guerra. Así, los barcos que ya no venían a disparar, pasaban por altamar.

   Como con dinamita el mar se comía a las playas de arena ploma, y a su vez, como cayendo de algún cielo, la mar se devolvía.

   Pescadores que no podían ser comerciantes, procreaban para serlo.

   Junto al primer puente llegó el adobe, vidrios, tablas, clavos, una carta, una pesa, y personas que entraron a la casa recién hecha y sin vecinos.

   Las venas azules en la frente pálida del pelirrojo recién nacido bautizaron las manos de la pareja y las familias tuvieron al primer abuelo que comenzó a pasearse por el naciente pueblo, acompañado por un perro negro.

   Ella -quien me contó esta historia- haciéndole caso a su madre estaba en la playa con sus hermanos, recogiendo los restos de un barco muerto en guerra, que las olas habían dejado sobre la orilla del mar y que el sol había ido secando para que estos niños los llevaran a casa como leña.

   Eran cuatro hermanos. Dos hombres y dos mujeres, que en una de sus búsquedas hallaron entre la madera esparcida por la playa, un cofre de terciopelo verde. Uno de ellos, al verlo, botó la leña que llevaba y cogió con sus dedos recolectores el tesoro.

   -¡Un cofre, Eliana, un cofre!

Los demás se acercaron.

   -¿Qué tendrá adentro?

   -Debe de ser de alguien - dijo uno de los pequeños.

   El cofre llevaba bisagras doradas y una cerradura que botó arena. Uno de ellos propuso llevarlo a casa y entregárselo a su madre.

   Así la hermandad salió de la playa cruzando por el atajo de los pinos, sin detenerse, como otras veces, a mirar los nidos escondidos en las ramas.

   Los ojos de los hermanos brillaron al entrar a la casa y entregar el cofre a la madre.

   La madre les dio sopa y se volteó hacia una despensa con estantes. La mujer (que tenía ojos verdes) frente a una ventana que dejaba entrar la luz del cielo estrellado, abrió el cofre. Recordó sus ojos, vio su color encadenado por un rayo de sol, en el interior del cofre, resplandecía un collar con círculos suaves y brillantes. Otro collar, como un lánguido espiral amarillo, surcaba un brazalete de piedrecillas. Anillos, como bolitas aprisionadas entre bolitas, recibían cada una de las estrellas que había en el cielo de Pichilemu.

   La mujer no se encandiló y en su cocina esperó, sentada en un piso de paja, que los niños terminaran. Les dijo:

- Abríguense porque vamos a ir donde una señora.

   Salieron. El terreno del naciente pueblo era irregular, peligroso, así que todos caminaron de la mano.

La mujer recordó que hace algunas semanas, junto a muchas primeras cosas que habían llegado al pueblo, alguien había entrado a robar a la casa de un rico. Los negocios, las conversaciones y hasta los caminos solos surcados por algún antiguo borracho fueron invadidos por la búsqueda del gañán. Era mucho dinero.

   Por eso, de noche, la familia llegó a una mansión. Un cochero uniformado fumaba su pipa. Los caballos eran blancos. Avanzaron y en el frontis un hombre viejo, uniformado, les preguntó dónde iban y qué querían.

-Quiero hablar con la señora - dijo la mujer.

   Ninguno de los niños se soltaba de las manos, y uno de ellos miraba árboles que nunca había visto. El portero demoró mucho en dar una respuesta, y en la mansión, por primera vez, los hermanos vieron a una persona tener que ir a preguntarle a otra persona que le preguntaba a otra persona por una persona. Los faroles parecían gritos encarcelados en fila, en un pasillo con sofás vacíos y cuadros que nadie admiraba.

La buscada señora salió pero no bajó los escalones, dos peldaños. La noche comenzaba a ser joven.

La madre se movió encadenada a sus hijos. Desde el suelo dijo:

-         Señora, mis hijos han encontrado este cofre en la playa. He escuchado que a ustedes les han robado, y supuse que las joyas que hay en él podrían ser las suyas.

   La señora, desde el pasillo dijo:

-         Gracias

   Y cerró la puerta llevándose el cofre.

   La familia, de la mano, abandonó la mansión justo cuando un coche con cuatro caballos entraba al jardín.

  Y en la noche joven extraños árboles entregaban guarida a los hambrientos roedores.

   Caminaron de vuelta a casa, por el camino peligroso, con fe en el silencio y en la espera, mientras el pueblo crecía como el pelo de un niño.

   Al entrar a la casa, los cansados niños entraron a una laguna verde en la que nadar era fácil, en una laguna verde en la que podían soltarse de las manos, en un tibio juego para ponerle cosas a los nombres, en una sopa verde y un poco de leche en la cual la noche era vieja y respondedora de todas sus preguntas.

   Esa laguna verde eran los dos ojos de la madre que miró a cada uno de sus hijos quedarse dormidos.

   Y en el joven pueblo un antiguo borracho busca la casa en la que vive una laguna verde y cuatro pececitos.

 


 

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