PICHILEMU: AERONAVE ATERRIZÓ ANOCHE DE EMERGENCIA CON CINCO PASAJEROS, SALVÁNDOSE GRACIAS A LA AYUDA DE LUCES DE VEHÍCULOS Y FOGATAS

Avión similar a este, es el que aterrizó de noche, hace 45 años. Foto: Internet
21/05/2020.

- Providencial salvada de cinco pasajeros incluido el piloto- que viajaban desde la Isla Juan Fernández con destino al aeródromo de Los Cerrillos.
- Esto ocurrió realmente en la noche del 21 de mayo de 1975, cuando en medio de una amenazante noche se sintió el ruido inconfundible de motores de un avión, que intempestivamente sobrevoló Pichilemu, insistentemente. Algo quería comunicar …
- En pocos minutos, pichileminos liderados por el controlador de tránsito aéreo, José Lino Vargas Jorquera, logran orientar a piloto de avión iluminando pista de aterrizaje con vehículos y fogatas.
- Un aterrizaje “casi” perfecto, salvó a sus cinco ocupantes, los que ya estaban preparados con sus chalecos salvavidas ante un inminente amarizaje/aterrizaje en la orilla de la playa.
- Pasajero de ese vuelo ocurrido hace 45 años, nos relató en exclusiva pormenores de esa traumático viaje originalmente con destino a Los Cerrillos pero que terminó en el aeródromo pichilemino.
 
Una lluvia de aquellas, torrenciales, habituales en esa fecha -aún sin estar en pleno invierno- fue la que precedió al 21 de mayo de 1975, la que “aguó” de cierta manera el desfile cívico con el cual era tradicional conmemorar las Glorias Navales que recuerda la heroica gesta librada en la Rada de Iquique, el año 1879, en el marco de la Guerra del Pacífico.
Y en el atardecer de ese día, negros nubarrones que se veían al lado norte, hacían presagiar que la lluvia seguiría ….
Fue pasadas las 20 horas, quizás más cerca de las 21, cuando para la gran mayoría de los pichileminos el ruido persistente de motores de avión se hizo familiar, porque no cesaron, sino al contrario.
Empezó a sobrevolar en círculos a baja altura, pero los intentos de visualizarlo entre las negras nubes eran inútiles.
No pasaron muchos minutos y ya la sirena de Bomberos estaba indicando alarma.
Estábamos como muchos, en plena calle mirando hacia el cielo, cuando vimos pasar algunos vehículos en dirección al Aeródromo. Y varias personas y jóvenes sobre todo corrían en la misma dirección, a los que nos unimos en demanda del campo aéreo.
La lógica indicaba que el avión estaba en dificultades. ¡Necesitaba aterrizar! No era necesario ser entendido para adivinar lo que ocurriría si el avión lo intentaba en esas condiciones.
De alguna forma, como “conectados”, los intentos -de todos- era de alguna manera ayudar a que el avión pudiera tener al menos unas mínimas referencias de la ubicación de la pista.
¿Cómo lo harían …?
Por fortuna un par de oídos, con más experiencia, supo intuir que el avión necesitaba ayuda para intentar el aterrizaje en la pista que desde el aire no se veía por ninguna parte.
Fue así como, por una parte el controlador de tránsito aéreo el piloto civil pichilemino José Lino Vargas Jorquera entendió rápidamente que había que hacer algo. Tomó su fiel Fiat 600 en el que había llegado un par de días antes, junto a su esposa Ruth, nada menos que desde Puerto Montt, para aprovechar unos días de descanso y aprovechar de ver a su madre, familiares y amigos.
Se subió a su “fito”, bajó el vidrio y se dirigió raudo al aeródromo pichilemino, gritando a los pocos vehículos que veía a su paso para que le siguieran a socorrer el avión. Avión que no se veía entre las negras nubes, pero que ya tenía a medio Pichilemu mirando tratando de visualizarlo.
Mientras eso ocurría, el ex piloto civil y bombero, el comerciante Lautaro Arce Vásquez, ya había dado aviso al Cuartel de Bomberos y la sirena hacía un llamado de alerta, al tiempo que tomaba su camioneta ¾ Chevrolet y subía a voluntarios que aparecían en su trayecto …
 
Cuando logramos acercarnos acezantes atravesando las manzanas eriazas, esquivando matas de pencas, pozas y barro hasta el recinto del aeródromo, vimos a lo lejos luces que se cruzaban y luego se alineaban a ambos costados de la pista, como también intentos de fogatas, y personas cuyas siluetas eran de tanto en tanto iluminadas.
Y, al fondo, en el umbral del cabezal sur de la pista un haz de luz que de tanto se movía en noventa grados desde el suelo al cielo …
El grupo en que veníamos aún no llegaba al ¼ de la pista, por la calle Comercio, cuando vimos las luces de navegación y el anticolitions casí sobre la pista misma y a los segundos pasar el avión en paralelo, tocando rueda y poco más allá de los ¾ de pista desviarse hacia el poniente y quedar detenido bruscamente.
Fue en ese momento, que decenas de personas se dirigieron hacia el lugar …
Junto a un par de personas decidimos quedarnos al lado del cerco de alambre de púa y luego de unos minutos, tras informarnos que todo había concluido con éxito, optamos por devolvernos.
Lo importante estaba hecho -por personas anónimas- que habían logrado lo imposible: un aterrizaje nocturno de avión y sus tripulantes, como los pasajeros, ilesos, sanos y salvos.
 
Pasaron varios años -el año 1985 exactamente- cuando captábamos avisaje para una Guía Turística a color de la provincia Cardenal Caro que producíamos, tras acordar previamente una reunión por teléfono estábamos en la oficina del arquitecto Santiago Roi, en calle Estado a pasos de la Plaza de Armas. El profesional desarrollaba un proyecto de Loteo denominado Costa del Sol, en la comuna de Litueche y La Estrella, junto al Lago Rapel, y por ello, era un eventual avisador.
Mientras esperábamos, por casualidad conocimos ahí a uno de los pasajeros del avión.
En efecto, era uno de los integrantes del equipo de profesionales de esa oficina, al oír que éramos de Pichilemu, tocó el tema, contando algunos aspectos de esa traumática experiencia, donde nos dijo que el piloto estaba agotando combustible dando vueltas sobre Pichilemu.
Era el arquitecto Gustavo Cardemil Dávila, quien -según recordamos. Dijo: “El propósito era tirarse a lo largo de la playa orientado por el relumbre del agua al llegar a la línea de la playa; o, “si atinaban los vecinos” intentar aterrizar en la pista local, que sabía existía; pero que no se veía en la oscuridad …..”.
 
Hace pocas semanas, buscando información en internet, encontramos un relato de un pionero de la aviación volando a la Isla de Juan Fernández: El autor, es el piloto comercial Santiago Figueroa Navarrete.
En su relato, cuenta que él justo ese día 21 de mayo de 1975 despegó en un avión hacia el continente, con destino a Santiago. Luego lo hizo el avión Cessna 310 bimotor de la Empresa Taxpa con cuyo piloto -Eduardo López- habían acordado mantener comunicación durante el vuelo, pero llegó un momento en que la perdieron.
El piloto Santiago Figueroa dice en su relato que, tras estar aterrizado en Los Cerrillos y ya en casa, luego de varios minutos de incertidumbre se enteró que el segundo avión había aterrizado en Pichilemu.
 
CONTROLADOR DE TRÁNSITO AÉREO
Sin entregar detalles precisos en su relato, aunque suficientes para saber de quién se trataba, menciona que uno de los pichileminos que fue crucial en ese “salvataje” era un Controlador de Tránsito Aéreo que estaba de vacaciones.
Junto con venirse a nuestra mente de inmediato el nombre de Lino Vargas, pensamos y nos preguntamos por qué nunca contó esa experiencia en alguna ocasión. En definitiva lo atribuimos a su modestia o el bajo perfil …
Pero eso nos llevó a intentar -pese a sus 90 años- nos diera el relato de algunos detalles que recuerda; cosa que se concretó tras los contactos con amigos comunes. Este es su relato:
“Yo había llegado a Pichilemu junto a mi esposa desde Puerto Montt por unos días, a ver y compartir con mi familia. Cuando sentí el ruido de avión estaba en el Almacén de mi hermana Toya. Mi cuñado me dice que parece que anda extraviado. Salgo a la calle y saco conclusiones que por la hora no había ninguna posibilidad de llegar, para ese tipo de avión, a Santiago con éxito. Era un accidente cien por ciento seguro. Y rápidamente voy a buscar mi pequeño Fiat 600 y me voy al aeródromo. Con el vidrio abajo le grito a otras personas en vehículo que hay que ir a ayudar a la pista y me sigue el Taxi del “Coté” Chico, aparte de otros que no recuerdo quiénes eran. Llegó a la Pista y le digo al “Ñungo” Aliaga que estaba con varios clientes afuera de su restaurant que hay que hacer fogatas en los costados, mientras llega don Lautaro Arce en su camioneta, otro socio del Club Aéreo. Y enseguida llegó un carro de bomberos, un jeep de Carabineros, el Taxi de Sergio Pacheco, entre los que distinguí y recuerdo.
Y así, en pocos minutos alineamos como a 4 vehículos por lado de la pista, más algunas fogatas que lograron prender … Yo dejé mi auto alineado y luces encendidas al igual que los demás vehículos y me fui al umbral del cabezal sur de la pista. Con una linterna que afortunadamente tenía las pilas bien cargadas me instalé en el eje de la pista y empecé a dirigir el haz de luz con movimientos de 0 a 90°.
Resumiendo: Pese a que el piloto no conocía la pista -solo de nombre, según confesó más tarde- entró súper bien y tuvo un aterrizaje “casi” perfecto. Digo casi, porque el piloto sin saber cuánta longitud tenía, a poco de aterrizar aplicó los frenos violentamente. Y como había llovido mucho viró hacia el poniente, saliéndose de la pista y enterró el tren de nariz, quebrándose ...”.
De ahí corrimos todos al avión a ayudar a sacar a los tripulantes, pero todos salieron por sus propios medios. Y nos agradecieron nuestra ayuda, sin la cual -según confesó el piloto- no les quedaba otra que tirarse a la orilla de la playa. De hecho estaban cada uno con chalecos salvavidas ante lo que para ellos era lo más inminente. Y las vueltas que dieron sobre Pichilemu era para agotar combustible y con la esperanza que alguien hiciera lo que finalmente se hizo con éxito”.
¿Cuántos eran los tripulantes?, ¿se recuerda de algún nombre de los pilotos, pasajeros?
“Me recuerdo que eran cinco pasajeros, entre los cuales venía el piloto y un mecánico; pero no retengo el nombre de ninguno a estas alturas ...”.
¿Y tras dejar el avión, supo dónde se fueron a pernoctar?
“Bueno, primero recuerdo que a cada uno nos regalaron una langosta. Y de ahí, el “Ñungo” los invitó al Restaurant y también a algunos de nosotros. No sé de donde salieron dos botellas de champan y con eso brindamos. De ahí los llevamos como en tres vehículos al centro y si mal no recuerdo, los dejamos en “Las Cabañas” (Motel) de Carlos Echazarreta”.
 
LANGOSTAS
¿Qué sabe de un supuesto cargamento de langosta que traían?
“No supe cuántas traían, pero no creo que muchas, pues el avión no era para más de ocho pasajeros. Venían siete personas, incluido el piloto. Entonces no creo que hayan sido muchas. En viajes posteriores a Pichilemu, recuerdo que no pocas veces me preguntaban sobre las langostas; pero -creo- se inventó un mito en torno a eso. Obviamente que -siendo los isleños productores de langostas- vendían y se transportaban vía aérea al continente; pero en esa ocasión, las que venían eran ejemplares que traían los pasajeros para ellos mismos o regalar a lo más a familiares y amigos ...”.
 
“CHAGO” FIGUEROA
Hasta hace poco tiempo, el piloto comercial Santiago Figueroa Navarrete y posteriormente dueño de la empresa Transportes Aéreos Isla Róbinson Crusoe, era considerado por muchos colegas, como el más experimentado en volar a la Isla Juan Fernández.
 
Ese día 21 de mayo de 1975 despegó rumbo tan solo pocos minutos antes que el piloto Eduardo López Rodríguez, quien lo hizo al mando de un Cessna 310, bimotor. Ambas aeronaves despegaron desde la Isla Juan Fernández con destino al Aeródromo Los Cerrillos, en Santiago.
Estos detalles, los relata “Chago” Figueroa -como lo recuerdan sus colegas e integrantes de la promoción en la FACH, donde se formó como piloto- en el libro que publicó donde narra una serie de hechos y anécdotas en sus años volando no solo a Juan Fernández, sino al sur, al norte, llevando incluso a varios candidatos a la Presidencia de la República y otras personalidades.
 
Así lo cuenta en el libro “Por amor al vuelo”, parte del cual leímos en un extracto que encontramos en internet y, donde, justamente incluye ese viaje, donde uno de los aviones terminó “haciendo un aterrizaje nocturno” en una pista no habilitada para ese tipo de operaciones, sino era con un alto riesgo de fracaso …
 
Acá, parte del relato de las vivencias del aviador: “Llamé por radio sin recibir respuesta; seguí insistiendo y puse un poco más de potencia para ver si podía verlo de nuevo, pero no lo logré.
Supuse que estaba de nuevo con problemas eléctricos y para no consumir totalmente la batería, había apagado tanto luces como equipos de navegación. Antes de entrar en la nubosidad cerca de Santo Domingo alcancé a divisar las luces de Pichilemu por el sur. Pensé que ojalá Eduardo las hubiese visto también. Me metí en las nubes y empecé a transmitir por la frecuencia que habíamos acordado por si me estaba escuchando para que se enterara cuál era la situación del tiempo en ese corto trayecto antes de llegar a Santiago.
-Estoy pasando por sobre Santo Domingo y a pesar de la nubosidad logro ver el resplandor. Estoy con rumbo 082 – 10 minutos después le informé: – Ahora estoy sobre Melipilla y también es posible distinguir el resplandor, la nubosidad está más quebrada y el techo y visibilidad sobre Santiago, es bueno. Por favor si me escuchas, aprieta el micrófono para saber si recibiste mi informe.
 
Pero ninguna señal me llegó que me indicara que había recibido mis llamados. Cuando aterricé me dirigí de inmediato a la torre de control para saber si habían tenido alguna noticia de él, pero tampoco sabían nada. Pasó una media hora y según mis cálculos no tenía combustible para más de unos 20 minutos de vuelo. Estaba conmigo don Lucho, el hermano del mecánico que había viajado para solucionar el desperfecto eléctrico. A medida que pasaba el tiempo la espera se hacía más angustiosa.
 
Don Lucho se veía en pésimas condiciones anímicas y no lograba levantarle el ánimo a pesar que le explicaba que Eduardo era un excelente piloto con muchos recursos y que lo más probable era que, no pudiendo entrar a Santiago hubiese optado por aterrizar en alguna playa, y había que esperar, por lo tanto, que lograra acercarse a algún teléfono para saber de él. Lo invité a mi casa que está a no más de 15 minutos en auto de Los Cerrillos, a esperar noticias. Antes de retirarme de la torre de control llamé a don Carlos, el dueño de la Empresa, para comunicarle lo que estaba ocurriendo y luego dejé mi teléfono para que me pasaran cualquier información que pudieran obtener. Una vez en casa le ofrecí un café bien cargado y recién habíamos empezado a tomarlo cuando sonó el teléfono. Atendió mi señora y de inmediato se volvió hacia nosotros que esperábamos expectantes. – ¡Están aterrizados en Pichilemu sin novedad! Don Lucho se dio unos segundos para asimilar la noticia y luego lloró en silencio durante breves instantes. La tensión había sido demasiada para él.
 
Efectivamente, como yo lo había pensado, cuando se hizo de noche y prendió las luces de navegación, a los pocos instantes se dio cuenta que estaba perdiendo carga en la batería. Me llamó para comunicarme que iba a apagar los equipos, pero ya su transmisión fue tan débil que no la recibí. Poco antes de llegar a Santo Domingo, vio la nubosidad tan compacta que no consideró prudente entrar sin contar con las radio-ayudas confiables como para volar en condiciones instrumentales y optó entonces por acercarse a Pichilemu cuyas luces también logró ver. Su intención era, como me lo suponía, tratar de aterrizar en alguna playa guiándose por la “noctiluca” – fosforescencia que producen las olas al romper en la arena. Los pasajeros que traía no eran turistas sino personal que pertenecía a una empresa, todos hombres jóvenes que se mantuvieron en calma en todo momento. Les ordenó ponerse los chalecos salvavidas y les informó sobre la situación. Antes de efectuar su aterrizaje en una playa, como aun contaba con combustible suficiente, decidió sobrevolar Pichilemu por si lograba ubicar la pequeña pista de aterrizaje que, sabía, tenía en uno de sus costados.
 
Empezó a dar vueltas a baja altura sobre el pueblo, con tan buena suerte para él, que lo vio un controlador de tránsito aéreo que estaba de vacaciones en el lugar y que supuso que ese avión se encontraba en problemas. Le pidió a unos amigos con auto que lo acompañaran hasta la pista de aterrizaje y entre todos la alumbraron para que pudiera ser vista desde el aire. Eduardo alcanzó a verlos; dio una vuelta más para asegurarse y finalmente se decidió a aterrizar. Al final de la corta pista había una parte un poco pantanosa donde ya, afortunadamente sin velocidad, la rueda de nariz se enterró quebrándose uno de sus seguros sin mayores consecuencias. Lo importante era que todos estaban sanos y salvos.
 
Al día siguiente fui con otro mecánico estructurista en un pequeño monomotor, un PA – 18 para reparar la rueda de nariz. Antes de aterrizar, sobrevolé un par de veces sobre la pista y cerca del cabezal norte, vi que había dos grandes palmeras que para el tipo de avión en que fui no significaban ningún problema, pero no me explicaba cómo, de noche, Eduardo había logrado pasar entre las palmeras y aterrizar con un avión que entraba con mucha más velocidad.
No cabe dudas que era muy buen piloto; pero sobre todo lo recuerdo porque era un excelente amigo; no es fácil encontrar personas de su calidad humana. Tenía un carácter agradable y amistoso su tono de voz era fuerte y daba la impresión de una persona autoritaria, sin embargo empleaba ese mismo tono aun cuando estaba haciendo una broma, el mismo que empleaba cuando aterrizaba en Cerrillos después de regresar de un vuelo a la isla, y decía en voz alta para que sus pasajeros lo escucharan – “¡nos salvamos otra vez!” Todos se miraban entre sí sin saber si lo había dicho en serio o si era simplemente una broma. Al final todos terminaban riendo por la salida del piloto”.
El autor de este relato -que es parte de su libro- falleció en Octubre del año 2017, tras sufrir una penosa enfermedad, según nos contó uno de sus camaradas, el investigador aeronáutico Sergio Barriga Kreft.
En tanto, el piloto Eduardo López Rodríguez se convirtió en uno de los tantos mártires de CONAF al caer con su avión cisterna Dromader, combatiendo un incendio forestal el 27 de enero de 1998, en las cercanías de Rodelillo.
 
PASAJERO
Como dijimos antes, el año 1985 tuvimos una breve conversación con un pasajero de ese vuelo, cuyo avión aterrizó impensadamente de emergencia en Pichilemu. Años después -a través de un lector de “pichilemunews” -el año 2008- un colega y amigo de ese pasajero nos puso en contacto vía mail.
Sin embargo, un interés mutuo para conversar con mayor amplitud sobre el tema no lo pudimos concretar antes.
Hoy, retomamos el contacto donde finalmente nos relató su experiencia en exclusiva. Se trata del arquitecto Gustavo Cardemil Dávila.
Ver relato en artículo, a continuación ….

 


José Lino Vargas, el año 1989 en los 25 años del Club Aéreo local. Foto: WSG
 

 

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